Un relato breve del genial escritor mozambicano Mia Couto.
Primero, el original, en portugués; luego una traducción propia, sobre la que se aceptan críticas y sugerencias. Como a este escritor le gusta inventar palabras, la traducción incluye algunos términos que reproducen en español los mismos o similares procesos morfológicos, creando palabras que tampoco existen en nuestra lengua.
Nós éramos os do muro, sentadiços. Os outros corriam os futebóis, dispensavam suores. Enquanto nós, não. As meninas passavam, com suas batas brancas, pareciam aprendizes de garças. Os outros perseguiam-nas caçando simpatias. Nós ficávamos no muro, olhos trincando as sombras femeameninas.
Nosso futebol era ali, na mesa de matraquilhos do Bar Viriato. A mesa de jogo dormia fora do bar, ao dispor do luar que tombava no pátio. Era tão pesada que nenhum ladrão punha nela sua cobiça. Os roubadores daqueles tempos tinham dedos tremedrosos, eram gente de pequeno empreendimento.
Naquele pátio do Bairro Matacuane ficava o estádio do nosso encantamento. Era ali que vibravam as nossas multidões quando a pequena bola de madeira escorrecaía no buraco da baliza. Mas nós, sem idade e com as raças todas à mistura, só podíamos frequentar o imaginário relvado no intervalo dos outros. A mesa de matraquilhos era nossa só quase às vezes. No resto, pertencia aos tropas, soldados que abundavam por aqueles lados. O Viriato ficava na fronteira dos mundos, subúrbio dos subúrbios.
Sempre quando há quartéis, os bairros perdem seus nomes civis. E o nosso lugar era agora chamado de Zona do Quartel. Com o novo nome vieram as prostitutas e encheram os bares com suas grandes pernas cruzadas. Mesmo em nossos sonhos aquelas pernas se descruzavam sob lençóis que transpiravam. Por isso, nossos pais já não permitiam que muito parássemos pelos lados do Bar. Os receios deles careciam de fundamento. Nós só entrávamos no exterior. Lá dentro, apenas nossa curiosidade espreitava.
Mas a brincadeira dos matraquilhos custava cada vez mais preço. A moeda roubávamos lá em casa descarteirando eu de meu pai e Nandito não se sabe de onde. A moedinha abria o momento mágico. A gente metia na ranhura e a máquina expedia suas nove bolinhas, já tão gastas que coxeavam em cada volta de seus épicos percursos.
Foi quando se deram os casos chamados para estória. Primeiro acharam graça: apareceu um dos bonequinhas pintado de preto. O avançado do centro da minha equipa tinha mudado de raça, da noite para a madrugada. Os soldados portugueses, quando chegaram, fizeram riso e alcunharam o novo matraquilho de Eusébio.
Depois, apareceram mais três avançados, subitamente transcoloridos. Ainda encontraram piada, anedotaram. Distribuíram mais nomes: Coluna, Vicente, Matateu. Só o dono do bar é que ventilou ameaças: se descubro o sacaria do pintor, ai de quem!
Um dia a mesa amanheceu com todos os jogadores de raça negra. No Bar Viriato, bem luso de seu nome e propriedade, figuravam os matraquilhos mais africanos do mundo.
Eu e Nandito apresentámo-nos bem cedinho, madrugada recém-estreada. Não tocámos no jogo, ficámos espectadores. Olhávamos as gotinhas de cacimbo, rebrilhando nas botas dos bonequinhos.
Até que surgiram os tropas, barulhosos, donos. Chegaram-se aos matraquilhos e trocaram suas admirações. Dessa vez, ninguém riu. Ao inverso, havia uma raiva partilhada que multicrescia. De repente, um dos soldados se deu de berrar salivando raivas. Os outros tentavam de acalmar-lhe as fúrias. Mas nada, o homem se atestara de ódios. Súbito, retirou do cinto uma pistola e em volta fechou-se o silêncio, solene. Parecia cinema, o Nandito olhava de espanto cheio: aquilo já não era Viriato, era o saloon. E aquele soldado acenando a pistola era o Clint Eastwood, o Rambo dos tempos. Quem sabe foi por causa desse estado de maravilhação que o Nandito não ouviu gritarem quando o soldado louco apontou sobre o guarda-redes da minha equipa. O tiro soou e o pequeno boneco esvoou, salpicando estilhaços, mais súbitos que o sangue.
Ainda hoje aquele tiro continua ressoando em minha vida, junto com esse outro grito que, por engano de um relâmpago, me pareceu sair do bonequinho alvejado.
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El día que fusilaron al arquero de mi equipo
Nosotros éramos los del muro, sentadizos. Los otros corrían los futboles, dispensaban sudores. Mientras que nosotros no. Las chicas pasaban, con sus batas blancas, parecían aprendices de garzas. Los otros las perseguían, cazando simpatías. Nosotros nos quedábamos en el muro, los ojos apretando las sombras femeaniñas.
Nuestro fútbol era allí, en el metegol del Bar Viriato. La mesa de juego dormía fuera del bar, al disponer de la claridad que caía en el patio. Era tan pesada que ningún ladrón ponía en ella su ambición. Los robadores de aquellos tiempos tenían dedos temblomiedosos, eran gente de pequeño emprendimiento.
En aquel patio del Barrio Matacuane estaba el estadio de nuestro encantamiento. Era allí que vibraban nuestras multitudes cuando la pequeña bola de madera resbalocaía en el agujero del arco. Pero nosotros, sin edad y con las razas todas mezcladas, sólo podíamos frecuentar el césped imaginario en el intervalo de los otros. El metegol era nuestro sólo casi a veces. El resto del tiempo, pertenecía a las tropas, soldados que abundaban por aquellos lados. El Viriato quedaba en la frontera de los mundos, suburbio de los suburbios.
Siempre cuando hay cuarteles, los barrios pierden sus nombres civiles. Y nuestro lugar era ahora llamado Zona del Cuartel. Con el nuevo nombre vinieron las prostitutas y llenaron los bares con sus grandes piernas cruzadas. Incluso en nuestros sueños aquellas piernas se descruzaban bajo sábanas que transpiraban. Por eso, nuestros padres ya no permitían que paráramos mucho por la zona del bar. Sus recelos carecían de fundamento. Nosotros sólo entrábamos en el exterior. Allá adentro, apenas nuestra curiosidad espiaba.
Pero el juego de metegol costaba cada vez más caro. La moneda la robábamos allá en casa, descartereando, yo de mi papá y Nandito no se sabe de dónde. La monedita abría el momento mágico. Nosotros la metíamos en la ranura y la máquina expedía sus nueve bolillas, ya tan gastadas que cojeaban en cada vuelta de sus épicos recorridos.
Fue cuando se dieron los casos llamados para la historia. Primero les pareció gracioso: apareció uno de los muñequitos pintado de negro. El delantero central de mi equipo había cambiado de raza, de un día para el otro. Los soldados portugueses, cuando llegaron, se rieron y llamaron Eusebio al nuevo jugador.
Después, aparecieron otros tres delanteros, súbitamente transcoloridos. Todavía les pareció gracioso, hicieron chistes. Distribuyeron más nombres: Coluna, Vicente, Matateu. Sólo el dueño del bar ventiló amenazas: si llego a descubrir al pelotudo del pintor, ay de quien sea!
Un día la mesa amaneció con todos los jugadores de raza negra. En el Bar Viriato, bien portugués de nombre y propiedad, estaban los jugadores de metegol más africanos del mundo.
Nandito y yo nos presentamos bien temprano, madrugada recién estrenada. No tocamos el juego, permanecimos como espectadores. Mirábamos las gotas de rocío rebrillando en las botas de los muñequitos.
Hasta que surgieron las tropas, ruidosas, dueñas. Se aproximaron a los jugadores e intercambiaron su sorpresa. Esa vez nadie se rio. Al contrario, había una rabia compartida que multicrecía. De repente, uno de los soldados gritó escupiendo rabias. Los otros intentaban calmarle las furias. Pero nada, el hombre se había llenado de odios. Súbito, retiró del cinturón una pistola y alrededor se cerró el silencio, solemne. Parecía cine, Nandito miraba lleno de espanto: aquel lugar ya no era Viriato, era el saloon. Y aquel soldado mostrando la pistola era Clint Eastwood, el Rambo de los tiempos. Quién sabe si fue por causa de ese estado de maravillación que Nandito no los oyó gritar cuando el soldado loco apuntó al arquero de mi equipo. El tiro sonó y el pequeño muñeco voló por los aires, salpicando astillas, más súbitas que la sangre.
Todavía hoy aquel tiro continúa resonando en mi vida, junto con ese otro grito que, por engaño de un relámpago, me pareció salir del muñequito apuntado.
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1 comentarios:
Gracias por esta publicación… mas allá de lo excelente del cuento me resulto muy útil para un trabajo práctico que me encargaron en la clase de portugués de este escritor…
Saludos… Javier
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