
El texto que sigue forma parte de una entrevista realizada por Martín Caparrós a un joven palestino, publicada hoy por el diario Crítica de la Argentina.
"–¿Vos odiás a los israelíes?
Seif se queda callado, casi avergonzado. Al fin dice que sí con una sonrisa de disculpas:
–Sí. Sí. Esta era nuestra tierra y ellos nos la sacaron. Nos sacaron todo lo que teníamos, después cuando quisimos recuperar nuestro país nos atacaron, y después construyeron el muro de separación, los controles, todas esas cosas.
–¿Conocés a algún chico israelí?
–No.
–¿Nunca hablaste con ninguno?
–No.
–¿Nunca pensaste en hablar con alguno?
–No. No hay nada de qué hablar, es nuestro país y ellos nos lo robaron. Por tradición familiar, por cultura, por educación, por elección, Seif privilegia el diálogo, la comprensión. Pero ese mecanismo tiene un límite: no consigue aplicarlo al conflicto en su país.
–¿Ni siquiera te da curiosidad saber cómo son esos chicos de tu edad que viven a pocos kilómetros de acá?
–No. Son lo mismo que nosotros, viven vidas normales, sólo que nosotros sufrimos por lo que ellos hacen. Ésa es la única diferencia. Ellos son gente común, nosotros somos gente común. Ellos matan gente con ametralladoras, y nosotros los atacamos con piedras.
–¿No se podrían juntar chicos jóvenes de los dos lados para que conversen, se conozcan?
–No. Ya te dije, con ellos no hay nada que hablar. Yo estoy en contra del tat bei’, el encuentro entre ellos y nosotros. No tenemos nada que decirnos. Ellos siguen matándonos en Gaza, no podemos hablar con ellos. No hay nada de qué convencerlos. Es nuestra tierra, cada día mueren ocho o diez de los nuestros, ¿qué vamos a ganar con conversar? Al final, todos ellos van a ser soldados y van a matar a nuestra gente."
El entrevistado no pertenece a Hamás. No es un ex guerrillero de la OLP ni el líder de una célula de Al Qaeda. Ni siquiera es musulmán, sino católico: pertenece a una minoría, según estadísticas, integrada por el 2% de la población palestina. No se siente parte de ninguna guerra santa contra nadie, sólo quiere vivir en paz. Pero siente odio.
Su odio no tiene razones étnicas o religiosas. Odia al ejército que masacra a su pueblo, a la potencia vecina que ocupó sus territorios y los encerró a todos en un gran campo de concentración, al militar que le apuntaba con una ametralladora en el camino cuando iba a la escuela y era muy chico y no entendía por qué su país estaba en guerra, al país que bombardea la ciudad donde vive, al cerco que impide la entrada de alimentos, remedios y misiones humanitarias.
La confesión de ese sentimiento tan fuerte espanta. Pero evidencia, también, dónde están las razones del conflicto y por qué las acciones terroristas de Hamás o el discurso fundamentalista encuentran el respaldo de una población obligada a sentir odio contra sus verdugos. Evidencia, también, que los bombardeos y la masacre, además de ser repugnantes a la conciencia humana, serán inútiles para garantizar la seguridad de los habitantes de Israel: cada bomba, cada muro, cada vejación contra ese pueblo produce más chicos con odio que mañana serán piedras, hombres bomba, misiles caseros o lo que tengan a mano, y la muerte sólo seguirá reproduciéndose hasta el infinito.
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1 comentarios:
Lei por ahí una frase que me pareció justísima para lo que le pasa al chico ese:
"Si comprendes los motivos del enemigo estás perdido, pierde fuerza tu brazo."
Entender al otro implica mucho más. A veces simplemente no estamos listos a entender, perdonar y construir algo en común.
Aunque vivir en guerra debe ser terrible... para la paz se requiere mucho valor.
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